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Duquesa de Éboli

Duquesa de Éboli es un heterónimo y sosias de Myriam García Carromero y al revés. Ambas escriben novelas de toda la vida, sin etiquetas, como juego para forzar la reflexión y la risa. Porque sin risa no somos más que un atajo de cartílagos, músculos, huesos y grasa, algunos más resultones que otros.

Ambas damas han escrito siempre. La Duquesa como forma de cagarse en este mundo que la tuvo tan cautiva, Myriam para divulgar tecnología y esas vainas.

Ahora juntas escriban lo que les sale del capote, de la chistera o de esa lengua de víboras con las que decoran algunos pasajes de sus vidas de ficción y otras.

Myriam se lanzó a publicar solita «Lautaro se viste de chef”», y ahora le pide ayuda a la Duquesa para la segunda edición porque los «weones» de los protagonistas por poco no la diñan. La historia, facilita no es, pero cuento corto: doce chefs la montan parda por seguir la ruta de Diego de Almagro para llegar a Chile. Ni con GPS dan con bola, no digo más. Y lo de morirse, en un tris estuvieron. La Duquesa, a la chita callando, publicó «La casa de las golilla de cóndor», para probar en Amazon, eso dice la muy porfiada, y le fue rebién. Los sueños de un niño en cielos estrellados con monedas de diez pesos resultó ser un thriller minero con dosis de humor, crítica y algo de historia, para mejorar el condimento. Finalmente, ambas publicaron «Historia de un follicidio y otras historias lúbricas sin sexo …», el hedonismo o como querer pasarlo rico y cagarla sin remedio. Los relatos follicidas nos llevan a una dimensión humana cada vez más compleja y divertida.

Alguna obra de teatro como «El privilegio a la villa de Ajalvir», algún relato en antología como «Sábanas Frías» y algún homenaje a la historia con mayúsculas con «Gritos desde las murallas» son solo muestras de una Duquesa que aun siente la reja sobre su piel. Sin embargo nunca ha sido más libre.

Ambas siguen la senda de la intuición y algo de locura, y ahora cortejan a un párroco del siglo XX dirimiendo el relato del siglo XXI. Tienen a una lombriz en el closet que es una bomba de relojería: distopía en estado puro. Y finalmente el folletín «El cielo hermético» tiene tanto que decir …

Una sin la otra, la otra sin la una están irremediablemente incompletas.

Conócelas y ríe sin ningún tipo de impedimento; de eso se trata.

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HISTORIA DE UN FOLLICIDIO Y OTRAS HISTORIAS LÚBRICAS SIN SEXO

En una tarde de aburrimiento sexual, una palabreja vino a mi mente. Fue como un tortazo en todo el frontis de mi cerebro adormecido después de semanas sin emociones. El vocablo se fue haciendo cuerpo en el mío, se hizo camino a través de mis células, de mis arterias y venas, hasta hacerse realmente ... ¿físico?. ¿Acaso no tenía ganas de matar debido a mi lamentable estado? ¿Acaso no hubiera matado antes mil veces para no caer en ese desánimo? Y lo que era más importante, ¿acaso no me habían matado, o casi, decenas, centenas de veces, por estar en el sitio equivocado? La palabra ya llegaba a mi esófago, oprimía mi garganta, me provocaba arcadas terribles. De repente la escupí entre un concierto de pedorretas por aguantarme el aire: "FO LLI CI DIO" se escuchaba con el doble aire saliente. "Historia de un follicidio" había nacido de un parto de cabeza. Llevaba demasiado tiempo incubándose y era parto tardío, pero finalmente veía la luz. La palabra miró a la luz que la cegaba y luego a su progenitora, bueno en realidad progenitoras porque mi sosias me acompañaba; la Duquesa de Éboli. Aquel alumbramiento con base latina estaba dispuesto a dar batalla, a elevar el arte del buen trikitriki al de una obra maestra, con todas sus variantes, "TOCs" y manías, pero arte al fin y al cabo. Y ella solita se puso a escribir y de su pluma con burbujitas de aire salieron estas inspiradoras letras donde lo importante no es el objetivo, lo importante es el camino para llegar y no morir en el intento. Lean, follicidas, que más de uno se encontrará bien representado, y si no lo están, rían, que reírse de uno mismo o del vecino siempre es un buen placebo si se quedaron a mitad de camino. Y sin más preámbulo inicien este periplo por el arte del buen morir con el intento de perpetuarse o tener un momento rico.
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